llovia, no me importaba, yo seguia sentada en esa banca del parque mojandome por completo...
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Martes, 28 de febrero de 2006
El hombre que calmaba a las fieras con dulces palabras ha entrado en el pueblo. Las mujeres corren presurosas a esconder a sus retoños, mientras cierran las persianas y atisban a través de las rendijas al desconocido que camina por la calle principal, con un sombrero calado hasta los ojos y una enorme bolsa colgada al hombro llena de objetos imposibles. Los hombres, que deben demostrar en todo momento y lugar que lo son, sujetan con una pierna la puerta, por si deben dejar de serlo, y observan con gesto ceñudo al desconocido que esta a punto de salir del pueblo, para alivio de todos, que han descubierto en lo más profundo de sus corazones el miedo que siempre engendran los solitarios.
Pero justo en ese momento sucede lo imposible. Un niño se escapa de las faldas de su madre, y sale al encuentro del hombre que calmaba a las fieras armado con un enorme caballo de madera. Una replica exacta de lo que se supone debe ser un caballo: con las crines al viento y las patas levantadas en un gesto de rabia, casi a punto de salir corriendo.
El niño llega hasta el hombre que calmaba a las fieras que lo espera con el sombrero levantado y la rodilla en tierra, y le entrega la replica del caballo que el recoge con una sonrisa.
- Vaya, vaya, que tenemos aquí ? dice.
- Es mi caballo, señor. Está muy raro.
El hombre coge al caballo, y al hacerlo este parece cobrar vida, se agita y revuelve en sus manos mientras pifia desesperado. El hombre comienza a susurrarle extrañas palabras en un idioma incomprensible, ante la atenta mirada de todos los que observan el espectáculo sin saber si el caballo se mueve impulsado por su propia voluntad, o por las manos del artista. Finalmente le acaricia las crines con calma y el caballo cesa de moverse.
- Toma ? dice al fin, devolviéndoselo a su dueño ? estaba muy nervioso, pero ya lo he calmado.
- ?Qué le pasaba?
- Estaba nervioso por el cambio de habitación. Ya no duermes en la segunda planta. ?Verdad?
- El niño hincha el pecho orgulloso ? No, ya soy mayor. Ya no duermo con mi hermana.
- Los caballos son seres excepcionales, pero muy nerviosos. La próxima vez que lo cambies de sitio se lo tienes que explicar. ?Vale? - añade mientras le acaricia la cabeza.
- Bueno, muchas gracias ? contesta mientras se gira y recorre el camino de vuelta hacia el seguro refugio de las faldas de su madre, que le recibe arrasada en lágrimas, y al borde del desmayo.
El desconocido se pone en pie, limpia sus rodillas del polvo del camino, y reanuda el camino entonando una vieja canción en un idioma que nadie conoce ya.
Al final sale del pueblo, todos se miran entre si mientras bajan la cabeza avergonzados y fingen que siguen haciendo sus cosas como si nada hubiera sucedido.
mortiel
Por: Elva Rubio | LITERATURA | Comentarios (0) | Referencias (0)