llovia, no me importaba, yo seguia sentada en esa banca del parque mojandome por completo...
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Martes, 20 de noviembre de 2007

dedicado a J.
Me pasa a veces –sobretodo cuando ando rodeada de gente y de ruído- que me pierdo.
De pronto fijo la vista en algo y es como quedarme enganchada. Estoy pensando que existe, dentro de mi cerebro, un anzuelo plateado que pesca cosas que brillan y que flotan delante de mis ojos.
Hace días me perdí en los ojos de J. que me hablaba, me empezaba a contar un problema.
Yo fijé la vista en sus pupilas y de pronto se convirtieron en dos agujeros negros que me absorbieron.
Cuando estuve dentro de sus ojos,, desde ahí pude ver que sus iris eran dos mundos, azules como la típica foto de la tierra en todos las enciclopedias.
Seguí mi viaje a través de sus ojos y de pronto sentí el tacto de sus mejillas,, pero las sentí entre suaves en aquellas partes donde no llevaba esa barba rala de dos días. Suaves como el tacto de las plumas de una paloma pálida, blanca, calma. Su barba eran unas espinas, pequeñitas que crecían en un rosal abandonado; su mentón se convirtió en arbusto de rosas donde de pronto estaba yo deslizando el tacto, y me hería los dedos y era mi sangre roja la que le daba el color rojo a esos dos labios afilados como dagas rojas que cortan en pedazos todo aquello que tocan.
En cada pestañeo que él daba yo veía que estrellas casi como escarcha flotaban como particulas de polvo sobre la luz, agitadas por el aire del movimiento de sus párpados.
Y así aparecía yo de repente escuchando sus palabras dentro de él mismo, me convertía en el eco de su eco, dentro de sus orejas era yo el ruído del aleteo de un colibrí y me podía escuchar yo misma, mientras lo escuchaba y le decía con empatía “sí, te entiendo” porque entonces de verdad lo entendía ya que era yo quién escribía el guion, pues me había convertido en un ser pequeño que le dictaba cada palabra, un ventrilocuo diminuto que dirigía a un muñeco inmenso.
Luego pasaba por un túnel lleno de sonidos que se encontraba en su garganta, yo daba saltos sobre sus cuerdas vocales y el tono de su voz cambiaba. Ahí estaba todo tibio, el cielo del paladar era como el recuerdo que tengo del cielo de Pto. Escondido al atardecer: rojo.
Y desde ahí iba subiendo hasta su cabeza, era como llegar al cielo y el cielo era un ático con unos relojes como los de Dalí que se derretían, con fotos viejas en blanco y negro, con un gato metido dentro de un sombrero de copa, caballos al galope, vidrios, árboles inmensos, hormigas que cargaban en sus lomos hacia el hormiguero letras que formaban palabras en filas indias y se desaparecían, abanicos de colores en mujeres de sala de espera en un aeropuerto, recuerdos encerrados en burbujas, dentro de palacios, aviones que despegaban, sensaciones envueltas en telas de araña y arañas inmensas que en cada pata llevaban a una multitud de pasados que se aferraban, pasados envenenandos, caras, perfumes esparcidos sobre cartas, caballos, tinta, un auto que se deslizaba en una carretera, una pareja de amantes desnudos y silenciosos en una cama, un río de vino tinto, un perro ladrando, un niño corriendo en un desierto y llorando, un cigarro que ardía quieto en cenizas al borde de un abismo de espejos.
Yo nadaba entre las nébulas de sus pensamientos, flotaba entre tantos objetos transparentes que me golpeaban y a la vez seguía viendo los mundos de sus ojos, los rosales de su barba que me sangraban el tacto, la calidez de su garganta y el cielo redemptor de su paladar, yo seguía diciéndole "te entiendo" y me veía otra vez yo pequeño ventrilocúo en su cabeza, todos y yo envueltos en la nebulosa de su mente.
Finalmente llegué a un espacio en blanco, calmo, luminoso, donde en un papel blanquísimo estaba mi nombre escrito en letras negras.
Y volví a la mesa, volví a sus pupilas y a sus ojos, volví a sus palabras.
- Sí, entiendo- volví a repetir, pues creo que lo entendía todo.
Entonces yo sudaba frío, temblaba, estaba agotada. El pasó su mano perfecta sobre mi frente y sin quererlo me secó el sudor anaranjado.
Al sentir su tacto, me dejé llevar hasta un campo verde de yerba fresca, al tacto de la arena blanca, al tacto del agua fluyendo sobre el cuerpo.
Sentí un escalofrío.
Nos quedamos en silencio mirándonos y seguramente en ese momento él entró a través de mis pupilas.
Entonces bajé la mirada.
No quería que él encontrase en el fondo de mi mente aquel papel doblado, con su nombre escrito también en letras mayúsculas y en tinta roja.
Su nombre ahí escrito mil veces.
MORTIEL*
Por: Elva Rubio | LITERATURA | Comentarios (0) | Referencias (0)